martes, 7 de enero de 2020
Un elegante, sobrio y contenidamente tenso “thriller” de estafadores y de otras cuestiones de idéntico o mayor peso. Nada extraño, por otra parte, viniendo firmado por quien viene, el sólido y brillante cineasta norteamericano Bill Condon, firmante de trabajos tan destacados como DIOSES Y MONSTRUOS, las dos mejores entregas de la juvenil y formularia CREPÚSCULO (las de AMANECER), KINSEY, MR. HOLMES, EL QUINTO PODER, DREAMGIRLS, LA BELLA Y LA BESTIA en la versión de personajes reales de Disney. Como pueden deducir o comprobar estamos ante una filmografía con personalidad y a reivindicar en todo momento.
Y menos de extrañar aun estando interpretado por esos siempre enormes, descomunales Helen Mirren (74 años) e Ian McKellen (80), el cual este último se quedará con casi toda seguridad en el imaginario popular como el Gandalf de la sensacional trilogía de EL SEÑOR DE LOS ANILLOS, pero estoy hablando de quien interpretara magistralmente el Cogsworth de la anteriormente referida LA BELLA Y LA BESTIA (Condon es su director fetiche), el cineasta homosexual firmante del primer FRANKENSTEIN oficial como tal de DIOSES Y MONSTRUOS, el Magneto de la muy buena saga X-MEN, RESTAURACIÓN, EL HOMBRE QUE VINO DEL MAR, LA BRÚJULA DORADA, STARDUST, EL CÓDIGO DA VINCI, LA SOMBRA y un considerable etcétera. Deseandito estoy verle en su último trabajo para la gran pantalla, en el esperadísimo rol de Gus en la no menos esperadísima y a punto de aterrizar CATS.
Ellos dos se bastan solitos para manipularnos a su antojo y mantener el alma y el peso de esta función en la que Condon se esmera en ponerse a su servicio, sin descuidar en ningún momento una puesta en escena fluida y cuyos auténticos pliegues se irán desmadejando con sosiego rotundo… hasta llegar a un final impactante dramáticamente.
Pero la película es más, mucho más, no se queda solo en esto, que no sería ya poco de por sí. Posee una construcción dramática de raigambre añeja, algo que supongo que cada vez somos menos los que las añoramos y que cada vez viene siendo menos habitual en el cine actual. Bien podría decir que supone una variante tan solo un escalón por debajo de la espléndida EL LECTOR de Stephen Daldry. Por eso quienes estamos marcado de por vida por aquél cine clásico norteamericano fundamentalmente y británico después, es posible –en lo que a mí respecta lo estoy confirmando con estas líneas- que reciban con alborozo esta muestra elogiosamente pulcra y humilde de ese cine con inmaculadas hechuras caligráficas y texto intenso y de largo recorrido, pese a que en algún momento la ligereza con que está narrada pueda parecer que oculta otras tramas. Una nueva demostración del placer de narrar y actuar.
No ha tenido el eco merecido, pero da igual (es en estas ocasiones cuando la tarea del crítico se puede hacer más justificable), pasará el tiempo y una de esas tardes tontas es posible que muchos de ustedes se den de bruces en una plataforma cualquiera, se pongan a verla y posiblemente también se enganchen hasta el final. No es seguro, pero insisto, es posible.
Algunos tildan peyorativamente a este tipo de producciones como académica. Cada vez que escucho o leo el término –que me resulta de lo más bonito… y lo proclamo sin ápice alguno de ironía- más ganas me suelen entrar de verlas… pues para mí lo bien cosido, lo bien hecho, aquello que se relaciona con niveles superiores de educación (esta última es la definición más ortodoxa, las dos primeras son de cosecha propia) me supone a priori algo de lo más meritorio. Dicho queda.
Crítica del martes, 7 de enero de 2020
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