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Jlvazquez

Crítica de
Jlvazquez

jueves, 16 de enero de 2020

?/10

Jlvazquez

No concibo comenzar mejor un año cinematográficamente que con una película de Clint Eastwood. Y si encima ésta mantiene la línea y la constante de la obra del portentoso –en su sencillez- cineasta californiano, miel sobre hojuelas. Es lo que me sucede con RICHARD JEWELL.

Saber narrar, dominar el nobilísimo arte de contar historias he ahí la piedra filosofal de cualquier manifestación artística y de la propia vida. Eastwood posee ese don y lo está prolongando en el tiempo ejemplar, admirablemente. Cierto que son varios los que están cuestionando el último tramo de su obra, aquel en el que se está dedicando a sacar a la luz episodios relevantes de tipos anónimos, de compatriotas cotidianos capaces en un momento dado y por diversas circunstancias de llevar a cabo una gesta e incluso llegar a pagar las consecuencias por ello al ser puestos en cuestionamiento. Es el caso del francotirador Chris Kyle o más obviamente el de Sully, el piloto que amerizó el avión en el Hudson salvando la vida de 155 pasajeros (ambos trabajos estoy convencidísimo que serán reconocidos el día de mañana como lo muchísimo que se merecen).

O como el susodicho Richard Jewell, guardia de seguridad en los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996, que detectó una mochila con explosivos y evitó una verdadera masacre, en la que aun así fallecerían dos personas.

Clint casi ejecuta una pieza de cámara, en la que no necesita tirar de virtuosismos, de aparatosidad, de demasiado ruido ni de efectismos baratis. Centra su cámara en un personaje que casi pareciera faltarle un hervor, pero que acaba desarmando por su sentido del deber, su nobleza y su bondad. Y también en un personaje cínico, espabilado y peleón que trata con respeto al primero, que se enerva ante y que reconoce al amigo y al ser humano. Y esto está descrito con una emoción queda, casi contenida, pero que se acaba incrustando sin que me de cuenta en la piel y en el corazón, en el mejor sentido fordiano.

En concreto, hay dos secuencias de conversaciones entre los dos, ambas en la casa de Jewell que son memorables. La primera de tono relajado, incluso divertido, cuando comienzan a estar ya acosados por la prensa, con arsenal armamentístico por medio, el ruego de que se mantenga callado el tal Richard por parte de su representante legal y alguna otra cuestión más. La segunda es simplemente emocionante, a propósito de lo que el propio protagonista sea plenamente consciente de aquello que le cuestionaran en su pasado, de sus –tan solo eso- aparentes limitaciones mentales y de ese conmovedor exhorto apelante a su condición humana y al respeto que merece como tal.

Estos dos instantes  bien pueden reflejar el mejor Eastwood, al de siempre en realidad. Pero contiene más, algunos plagadas de emoción, como el discurso de la madre (una formidable Kathy Bates, lejanos quedan ya los tiempos de la descollante MISERY), o de ira justificada y denuncia, como ese ataque verbal absolutamente fundamentado en la redacción de un periódico para cuestionar la labor llevada a cabo por una profesional carroñera, una integrante del a veces denigratorio cuarto poder y de la utilización indiscriminada y sin medida llevada a cabo de la información… con lo que ello conlleva de llegar a triturar la honorabilidad de un individuo de manera gratuita.

Los dos primeros citados están espectacularmente encarnados en registros opuestos, pero ambos igualmente meritorios y destacables, por el relativamente desconocido Paul Walter Hauser, en el que yo ya reparara hace un par de años como el delincuente sonado de la espléndida YO TONYA, y por el descollante Sam Rockwell (TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS), que vuelve a ofrecer todo un recital desde un exhibicionismo contenido y guasón. La tercera en discordia, la guapísima, resuelta y deslumbrante Olivia Wilde es un vértice de lo más adecuado, pese a que su papel, o una decisión concreta del personaje, hayan levantado ampollas en sectores mojigatos de la sociedad estadounidense. Me refiero al hecho de cuestionar como machista el acostarse con alguien para obtener información. La propia Wilde, activista feminista de primera, ni tan siquiera ha salido al quite. Con eso ya está todo dicho, sobran más comentarios para no dar más carrete a tanta majadería esparcida.

Créanme que podría extenderme folios y folios hablando de las excelencias de esta primorosa -en su relativo ascetismo- obra del maestro de maestros, que si no me fallan las cuentas, es la trigésimo octava de su filmografía, una cifra que no está nada pero que nada mal, sobre todo teniendo en cuenta que comenzó poniéndose tras las cámaras a la respetable edad de 40 años, con aquel debut inesperado, sorprendente y magnífico titulado ESCALOFRÍO EN LA NOCHE (PLAY MISTY FOR ME), precursor de tantos “thrillers” de psicópatas y personal obsesivo.

Su cine ha resultado y continúa resultando la quintaesencia hoy en día del clasicismo hollywoodiense de toda la vida. Da verdadero gusto al respecto contemplar sus historias. Y RICHARD JEWELL no solo no es una excepción, sino que constituye uno de sus picachos de los últimos tiempos. Trabajo hondo, profundo sin parecerlo, enrabietado, emotivo.

Por favor no se muera nunca Mr. Eastwood, hágame ese favor. O no lo haga al menos hasta que me vaya yo –así de egoísta soy-, que justo espero pasar todavía un respetable tiempecito por estos agitados andurriales. Por supuesto, mi pretensión no es la de querer casarme con usted –me temo que ambos somos heterosexuales militantes-, ni tan siquiera pretender ser su amigo (por supuesto, estaría encantadísimo de conocerle), pero sí desde luego de continuar disfrutando con sus maravillosas criaturas. Pensar además que está a punto de cumplir 89 años supone un acicate y un revulsivo dado sobre todo la de tantos muertos en vida de cualquier edad que pululan por ahí.

Indispensable. La primera gran película, master piece o como prefieran denominar, de este ya propulsado 2020.

Crítica del jueves, 16 de enero de 2020

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