viernes, 10 de enero de 2020
Continúa insistente, inveterada, en el cine norteamericano la –en la mayoría de los casos- incomprensible costumbre de rehacer títulos más o menos relevantes del terror…. o de cualquier otro género.
En esta ocasión no es que su antecedente sea para tirar cohetes, pues se trata de uno más de esos títulos recurrentes del cine nipón que, eso sí, contribuyeron a promover y cimentar su industria allá por finales de los 90 y comienzos del actual siglo, cuyo ejemplo más relevante o notorio –que no el mejor- tal vez buera THE RING (EL CÍRCULO).
Me refiero a LA MALDICIÓN (THE GRUDGE) de cuya autoría inicial se responsabilizó el especialista Takashi Shimizu. Es de justicia que reconozca que tenía su aquél, su gracia espectral y escalofriante. Fue capaz de crearme miedo y desazón en algunos momentos. Y como solía ser norma por entonces ofrecía buena factura sin necesidad de recurrir a empachosos efectos especiales. Posteriormente se llevaría a cabo un libérrimo “remake” titulado EL GRITO.
Es fácil que sientan confusión con tanto alarido, imprecación, condenación, maldición, espasmo y etcétera etcétera. Y el hecho de la continua aparición de flashbacks no contribuyen precisamente a despejar la misma, más bien todo lo contrario, la potencia.
Casi veinte años después esta versión del norteamericano Nicolas Pesce acaba recalcando machaconamente lo que en su precedente era sugerencia y atmósfera. Y no empieza mal precisamente, genera expectación y hasta algún escalofrío. Lamentablemente acaba derivando por caminos tantas otras veces frecuentados con mejor tino y demasiado exprimidos, con exceso de subrayados y ganas de meter sustos a cualquier precio. Descuidando la narrativa y hasta los pequeños detalles.
Lástima porque precisamente el cine americano suele ofrecer una manufactura y una carrocería que le hubiera sentado bien a esta historia por manida que sea, de haber mostrado un poco más de chicha, “gracia”, riesgo, arrojo o imaginación. No acaba siendo el caso. Salvo esos minutos primeros, algo más de media hora (en ella la puesta en escena de Pesce tiene un pase) y el hecho de que algunas de sus supuestas temblequeras vuelvan a suceder a la luz del sol (aunque en casas penumbrosas), poco más de relevante soy capaz de extraer… y bien que lo siento.
Supongo que a los muy seguidores de estos asuntos les dará igual tantas carencias a cambio de un par de supuestos sobresaltos. Pobre balance para un reboot del que cabría haber esperado algo menos de desidia y un poquito más de atrevimiento fantasmagórico.
Queda como otra estéril y discretamente mimética operación rememorativa que ni tan siquiera creo se vea compensada por la taquilla.
Les aseguro que no es nada fácil ser mínimamente original sobre algo que ofrece tan poquita inspiración y empaque.
Crítica del viernes, 10 de enero de 2020
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