jueves, 12 de marzo de 2020
Otro drama judicial reivindicativo de apreciable tono, solidez narrativa y una parte final francamente emotiva.
Este tipo de empresas se le da a los norteamericanos como nadie, bueno, en realidad como casi todos los géneros que tocan, desde los más específicamente norteamericanos, el western, negro o musical, hasta los más pintureros, el de submarinos o el de los Mares del Sur.
Los antecedentes con los que cuenta son magníficos desde ¡QUIERO VIVIR! a la más relativamente reciente EJECUCIÓN INMINENTE del maestro de maestros Clint Eastwood.
Aborda una historia real y biográfica basada en las memorias de Bryan Stevenson, un abogado afroamericano de pobres entre pobres, es decir, de los suyos, de los de su raza… tratados en el profundo Sur peor que los comunes por su raza. Y eso queda patente en todo momento, en algunos diálogos verdaderamente esclarecedores al respecto.
Se nota que detrás del entramado propuesto hay un buen director, el hawaiano Destin Daniel Cretton, un joven profesional -41 años- que con tan solo cuatro largometrajes en su haber, contando el que aquí me ocupa, está comenzando a despuntar. Desconozco el primero de ellos, I AM NOT A HIPSTER (NO SOY UN HIPSTER), pero los dos siguientes –los verdaderamente buenos LAS VIDAS DE GRACE, en torno a un centro de acogida para adolescentes, y EL CASTILLO DE CRISTAL, sobre una familia disfuncional de nómadas inconformistas y de cómo una de las hijas se rebela ante esta situación- y éste presentan una notable factura y hondura dramática. Curiosamente estos tres últimos cuentan con la presencia y el protagonismo de la espléndida Brie Larson (imposible olvidarla en LA HABITACIÓN, merecido Oscar por su desgarradora composición de madre sensible y coraje).
La rodean en primer término Michael B. Jordan como el susodicho Stevenson, en una nueva demostración de que su despunte en CREED: LA LEYENDA DE ROCKY (como hijo del mítico Apollo Creed) no fue gratuito, así como tampoco lo fue su presencia en la estimable BLACK PANTHER. No necesita tirar de rictus para llevar a cabo una convincente, aplomada composición. Y no puedo olvidarme tampoco a Jamie Foxx como el encausado en el corredor de la muerte. Y Tim Blake Nelson, detonante de que el proceso dé un vuelco.
Igual su verdadero valor adquiere su exacta relevancia ante su segundo visionado, pues es fácil caer en la tentación de despacharla como una tv movie de sobremesa, lo cual tampoco me parecería desdoro alguno.
Es nítida, transparente y aleccionadora en su denuncia. Y resulta difícil no soltar más de un lagrimón en su tramo final… que no descubriré, claro.
Crítica del jueves, 12 de marzo de 2020
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